No
las tenía todas conmigo a la hora de decidirme a leer este libro. Sabía que en
su interior me encontraría con dos historias paralelas, una ambientada en la Alemania nazi y otra
enmarcada en España actual, en las que
se combinaban la novela histórica y la novela negra. Del género histórico me
estoy haciendo muy amiga últimamente, pero la novela negra es un género que no
me llama mucho la atención. Además, para alguien como yo, a quien le encantan
las lecturas positivas que te dejan con una sonrisa en los labios, meterse de lleno a leer sobre el
Holocausto era tirarse de lleno en el campo contrario.
Impulsada
tanto por el entusiasmo de la persona que me animó a leerlo como por las buenas críticas que había recibido
esta novela que, por cierto, quedó finalista en el Premio Novela Histórica Alfonso X El Sabio de Planeta de
Libros, decidí arriesgarme. Los primeros capítulos del libro, en cierto modo,
parecieron confirmar mis temores. Los protagonistas de los capítulos de la
época actual no me convencían o, mejor dicho, no me convencía el modo en que
comenzaban su andadura juntos, a mi entender, poco verosímil. Por el otro lado,
los capítulos de la época nazi, que me parecieron muy bien elaborados,
empezaban a formarme un nudo en el estómago. Ese día pensé que me había
equivocado al escoger la lectura, dejé a un lado el e-reader y me fui a correr
para despejarme.
Al
día siguiente, en una tarde lluviosa que
incitaba a quedarse en casa bien resguardado bajo una manta, comencé a leer de nuevo. Sentía curiosidad por
saber qué podían tener en común ambas historias, me parecían tan carentes de
relación una y otra, que no podía imaginar cómo el autor iba a conseguir
vincularlas. Los capítulos cortos y el buen ritmo de la novela hacían muy fácil seguir leyendo. Me ensimismé en la
lectura y, cuando me di cuenta, me quedaban solo cien páginas para terminarla,
mi intriga era cada vez mayor y el horror nazi se había asentado en mis
entrañas. Solo paraba de leer para googlear cosas que salían en el libro y
cerciorarme de que eso era verdad: Lorenz Hackenholt, Grafeneck,
Aktion
Erntefest,... Mientras,
escuchaba los vals de Strauss a los que, de repente, he cogido una manía
enorme. No volveré a escuchar El Danubio
Azul sin acordarme del capítulo 27 de este libro.
Sin darme cuenta llegué al final, ¡y qué final!
Me encantó la forma en que convergieron
ambas historias. Más que nada porque me llevé una sorpresa, no me lo esperaba y
la verdad es que me pareció redondo y bien atado.
En fin, puedo decir que la lectura me ha gustado
mucho. La parte histórica me ha encantado, nunca había leído nada relacionado
con el Holocausto desde el punto de vista de un nazi. Ver como alguien que en un principio se
muestra amable y parece buena persona evoluciona o, mejor dicho, involuciona desde
pensar que no está bien lo que está haciendo hasta llegar a disfrutar con lo
que hace es una característica de la raza humana que siempre me ha impactado, y
esto es algo que el autor transmite muy bien, sin necesidad de recrearse en
ello ni de dar más detalles de los estrictamente necesarios, pues los datos históricos hablan por sí
solos. La parte actual no me ha gustado tanto. Ya comenté antes que hubo algo
en la historia que no me convenció desde el principio, y a eso hay que añadirle
algunas situaciones que despertaron levemente mi incredulidad, pero que no
llegaron al punto de empañarme la lectura. Además, como ya dije, el final me gustó,
y eso ha hecho que me haya quedado bastante satisfecha con el libro.
Quería esperar unos días desde terminar la novela para
escribir esta reseña para verla con más perspectiva. La verdad es que El hombre de Grafeneck es una de esas
lecturas que no se acaban al terminar el libro, uno se queda rumiando la
historia durante varios días y eso es un mérito que no puede atribuirse
cualquier novela. A mí, por lo menos, no me pasa a menudo.
Lana Drown.